por W. Ricardo
10 minutos de lectura.
Esta entrada es una reflexión sobre la razón que me llevó a dedicarme al mundo de la narración, la escritura y la creación editorial. Si te interesan estos temas, te invito a quedarte conmigo; quizás descubras que también compartes esta vocación.
Quiero decirte que considero que encontré mi vocación muy tarde. Si te puede servir de algo, te invito a estudiar a conciencia durante tu tiempo en la escuela (si tienes el privilegio de hacerlo). Ahí es el momento perfecto en el que uno tiene los recursos para apuntar e investigar sobre tus habilidades para aplicarlas a una carrera en particular.
Desde pequeño siempre me sentí perdido en el mundo; nací y simplemente fui existiendo, ocupando un lugar en la sociedad, en una familia y en una región específica de la tierra. Yo miraba que todos mis amigos sabían de un programa nuevo en la televisión, o le iban a cierto equipo europeo de fútbol. Pero yo en las nubes, solo sabía que el sábado me iba a una granja y que me gustaba levantarme antes del amanecer para ver como las sombras huían lentamente del sol.
Mirando en retrospectiva, veo que las personas que tienen una conexión con sus ancestros desarrollan una mejor identidad que les permite establecer metas más claras. Conocen de dónde vienen y qué habilidades han pasado por generaciones en su linaje. Y esto lo aprendí después de graduarme de la carrera de Comunicación y Letras; gracias al hábito de la lectura, especialmente a desarrollar la habilidad de la escucha activa por medio de audiolibros.
En mi caso, no fue así. Creo que gran parte se debe a que nací en una época postguerra; en 1990, Guatemala firmó la paz del conflicto armado interno en 1996. Hubo un remolino en todos lados que todos estaban tratando de olvidar, incluida mi familia. Seguramente no querían escarbar el pasado para contarme o tal vez mi falta de curiosidad sobre mi origen causó que nunca preguntara algo sobre mis antepasados, para saber qué tipo de monstruos hay en el árbol familiar (estoy exagerando como hacen los memes).
Además, siendo hijo de un militar. Casi siempre solo me interesaba mi padre en mi familia; era como un Rambo para mí, con todas sus condecoraciones y sus historias en la montaña. Entonces de niño nunca estuve atento a mí, sino a mi figura paterna.
Mi papá era militar y mi mamá era empresaria, vendía joyas, así que casi nunca estaban en casa; uno destacado en alguna base militar y la otra de viaje comprando mercadería o encerrada en la oficina. Pues la verdad que gracias a Dios, nunca me faltó nada, excepto una buena mentoría profesional. Eso sí recibí una educación que comenzó siendo cristiana católica, luego se convirtió en evangélica (cambié de iglesia al menos seis veces).
Mis padres venían de familias muy pobres: mi papá nació en Sacatepéquez y mi mamá en la ciudad, pero su familia es de Jutiapa. Sus vacaciones de niña las pasaba en Asunción Mita. Entiendo su enfoque en temerle a la pobreza. Entiendo muy bien porque cualquier tipo carrera en humanidades la hayan descartado.
Ambos son graduados universitarios en Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Ninguno de los dos ha trabajado nunca de algo de esta carrera, pero lo que entiendo ahora, es que el egresado de esta carrera le debe encantar la política; ser muy proactivo en este tema, de lo contrario no se atiborre de tanta toería. Mi papá se graduó de la Francisco Marroquín, una universidad con ideología del liberalismo, mucho antes que mi mamá, en 2004, y ella en 2018 (felicidades a ella por el esfuerzo; cumplió un sueño de juventud).
¿Pero por qué cuento esto? Porque mi papá recibió un curso en la UFM que promovía criar a los hijos de manera liberal, por lo que siempre discutía con mi mamá, que era más estricta en mi educación, para que yo asumiera responsabilidades por mi cuenta. Era una buena idea, pero creo que en el escuela, cuando uno es niño hay que, por lo menos, tenerle una estricta supervisión de la agenda; y ver cómo ayudarlo a equilibrar los puntos débiles; además de mostrarle los beneficios de desarrollar la inteligencia, en especial para analizar y resolver problemas (no digo solo matemáticos, sino en general); sin llevarlo al extremo de convertirlo en un pedante intelectual que no puede ganar dinero, por cierto.
No fue culpa de mis papás, al final de cuentas, uno siempre es el responsable de sus propios actos. Llega el día en el que uno debe tomar responsabilidad de las consecuencias, y no importa tanto aplicar un psicoanálisis, tratando de encontrar la falla en el subconsciente del niño interno herido, si uno no cambia sus hábitos y malas conducta. No me fue muy bien en el colegio; no hacía las tareas y pasaba el tiempo jugando videojuegos (algunos muy buenos, como El Señor de los Anillos: Las Dos Torres o Sonic Adventure 2). Esto hizo que perdiera enfoque y retrasara mi nivel de análisis, lo que llevó a que al graduarme no supiera qué hacer con mi vida. Además, los videojuegos, a mí (no digo que sea una consecuencia general) me generaron la mala idea de tener que ver resultados inmediatos, y que las equivocaciones se corrigen rápido.
Afortunadamente, la vida enseña sus lecciones. Una de ellas fue permitir que otros eligieran mi carrera: mis padres. Ser abogado nunca estuvo en mis planes; lo único que sabía de leyes era por haber visto la película "Mentiroso Mentiroso". Y el enfoque que tenían era que todos los abogados hacen dinero; pero cuando creces y ves a los abogados realmente... te das cuenta que no es una ley universal. Hay abogados que no les va para nada bien.
Terminé odiando la carrera de Derecho, en especial las leyes, y no porque sean malas, sino porque están escritas de forma confusa. Agradezco a Dios por los buenos abogados que he conocido e interpretan bien la norma y hacen las cosas bien. Conocí a un abogado apasionado por las leyes en un trabajo que tuve el año pasado, él sí tenía vocación para la abogacía. Y como yo era de letras, siempre teníamos buenas discusiones, en especial con el tema de interpretación de la norma y la forma rara en que estaban redactadas las leyes. Y me di cuenta que no me confundí al continuar cultivando mi vocación. Él desde las cinco de la mañana, ya había leído todas las reformas publicadas en el Diario Oficial; y esto lo emocionaba.
Mi primer año de Derecho fue difícil; me estresaba tanto que se me tensaba el cuello. Todo me parecía absurdo y ajeno a la realidad. Soñaba con mis lecturas, pesadillas, por supuesto. Tuve el típico sueño en el que estás desnudo en clase y todos se ríen de ti. Por fuera me veía feliz, pero en soledad estaba siendo miserable; y temía el día de mi graduación; ¿qué iba a ser si no ser un fraude en la abogacía?
Me sentía tan triste, tan miserable que mi ex lo notó. Ella siempre fue sincera; me decía quién era yo porque siempre cambiaba mi forma de ser. Ella era lectora y vio que siempre me inventaba historias cuando hablaba con la gente, así que me sugirió que escribiera.
¡Wow! ¡Qué nostalgia recordar esos primeros cuentos que escribí! Me gustaba mucho la rutina de escritura, me impuse que escribiría una hora todas las noches. Me salieron historias que me divertí mucho creándolas, mi mente se sentía tan feliz creando mundos nuevos. De la nada, mi hermano y su conecte (como decimos en Guatemala a la que estamos enamorando) los encontraron en la computadora familiar, y se los disfrutaron mucho (se distrajeron un momento de la rutina universitaria). Les gustó; pero me dijeron que cometía unas faltas de ortografía atrocez. En ese momento olvidé Introducción al Derecho y las clases de PBL con María Beltranena (QPD). Igual, nada cambiaba en mi vida, solo la universidad y el horario; y yo medio mencioné de cambiarme carrera pero recibí un sermón sobre que iba quedarme pobre y que en la vida no todo es color de rosa.
Luego, mi ex se fue al otro lado del mundo, a Italia. En nuestra mente, íbamos a mantener una relación a distancia; para mantenerla contenta y tener una parte de mí cerca, le escribí una pequeña novela de vampiros (su papá dijo que tenía mala ortografía; totalmente cierto). Y esto lo aprendí después, la narración no es solo ortografía; hay que tener cierto don para contar historias de forma escrita; por ejemplo, Miguel García Márquez siempre se le acusó de no ser un lingüista, pero en esos pergaminos larguísimos que él llama párrafos, encontraremos historias geniales. Un cuento que me gusta de él es Un señor muy viejo con unas alas enormes.
Fue hasta el cuarto año de Derecho que no pude más. Todo en mi vida se estaba yendo al abismo, problemas en todos los ámbitos; estaba muy triste. Fue entonces cuando decidí cambiar de carrera, la peor vergüenza para los jóvenes que siguen el camino establecido.
Todos me advirtieron que no encontraría trabajo como escritor, menos en un país como Guatemala. Tenían razón. Mi vida laboral ha sido un calvario completo, desde vender cámaras de seguridad hasta patrullar a medianoche como encargado de seguridad en una mina en Puerto Barrios. Pero todo esto fue también por no tener fe en mí mismo, en no enfocarme en publicar mis historias; sino en esperar a que me encontrarán. Es hasta ahora que estoy impulsándome a mí mismo, siendo consistente en mis creaciones; y la verdad, cuando veo las muestras de los libros que desarrollo, mi mundo adquiere color.
Todo malo y todo bien (realmente). Como me dijo mi mentor de marca, Esteban: "hiciste más historias". Y sí; tal vez no tengo un aguinaldo ni un bono 14, pero he visto cosas extrañas y hermosas que no se ven en los horarios de los tribunales.
Me encanta ser esta especie de Bilbo Baggins. Ayer le leí un poema a una amiga, y me sentí tan bien (no era para ella, por cierto; era para otra). Pero me costó llegar a este punto mental en el que me encuentro; el cual consiste en comprender que la vida es corta y que el dinero no es seguro en ninguna carrera sino se tiene un por qué hago esto. Sobre lo anterior, conocer cuál es nuestro valor. ¿Por qué valgo? Y cuando lo encontrés, vas a poder ofrecer una propuesta de valor a la sociedad. Un amigo una vez me vio y me dijo que él sentía alivio de no dedicarse a su pasa tiempo; pero para mí ya se ha vuelto una necesidad. Amo los libros.
Perdí mucho tiempo haciendo lo incorrecto. ¿Cuántos libros habría publicado si hubiera analizado las cosas correctamente en la escuela, cuando era el momento adecuado para hacerlo? Hay un dicho que dice que incluso los santos lloran por el tiempo perdido. Lo cierto de mi experiencia es que se debe de trabajar de lo que sea para poder invertir en tu arte; y toca, es como que si el camino del destino te pusiera estas pruebas para aprender a no obsesionarte, y también para darte valor a crear solo porque estás en la libertad de hacerlo.
Me acabo de dar cuenta que siempre dirijo mis textos de manera moral... "Jóvenes [con voz de anciano antes de morir], no sean necios; estudien para no cometer errores como los míos". Pero hasta cierto punto, es verdad. Especialmente cuando intentas ser algo que no sos y terminas viviendo un infierno en tu mente. Pero el estudio no es por las notas, es para descubrir lo impresionante que es el mundo. Mira cómo funciona una celula, comprender que los animales se comunican entre ellos (y nosotros creemos que son tontos; pero somos nosotros que no sabemos su idioma), pensá un poco en cómo programaron los programas para poder programar (eso para mí es tecnología alienígena), mirá los motores de las motos de alto cilindraje, o los vehículos modernos. Me gustó ver un video de un granjero que inventó una moto usando solo palos, obviamente hizo todo el proceso de combustión con metales, pero la carcasa la hizo de palos, parecía un vehículo para un Ent.
Finalizando la idea anterior, la educación no es para las notas. Conocí a una buena estudiante en el colegio que se estresaba si sacaba menos de un 90; hasta el extremo de ponerse a llorar amargamente. Y justo este afan de querer tener notas altas sin motivo aparente, cuando salió del colegio, la desmotivó por completo, arrojando por la borda su sueño de ser doctora, porque no podía sacar solo noventas en medicina. ¿Y por qué? Porque no tenía bien establecido el "por qué" quería estudiar medicina, y seguramente puso su valor personal solo en las notas que sacaba. Y después dicen que la filosofía no sirve para nada...
Retornando al tema de mi vocación, ser escritor parece estar en mi sangre; es el destino ("aunque usted no lo crea"). Del lado de mi mamá, tengo un ancestro, un tío abuelo, que era poeta cristiano (Délfido Barrera Navas, hermano de mi abuelita Rebeca Barrera Navas).
Recientemente, gracias a mi tío Edwin Estrada, que vive en California y nos visitó hace unos meses, mientras compartíamos una taza de café con pastel de zanahoria con otros familiares, me enteré de que tengo otro tío abuelo que era poeta: Héctor Enrique Estrada Sandoval.
Uno sí hereda habilidades de sus ancestros, al final del día no se elimina la sangre, sino es una continuación de ese código genético. Lo digo porque en la universidad tenía un profesor que siempre me dijo que tenía buena percepción para corregir el ritmo en los textos. Y seguramente es algo heredado de mis tíos abuelos, porque yo no era lector ni escritor, o sea, no sabía que existía el fascinante mundo de las Letras.
Así que no fue una decisión como tal; desde el principio no sabía que era escritor. De niño, unicamente escribí una carta a una niña solo una vez, y fue para olvidarla; recuerdo haber quemado la carta porque ella me cambió por un niño rubio y tartamudo que acababa de llegar al colegio.
Gané un premio de poesía en sexto grado, una lonchera de la librería del colegio. Todavía recuerdo la vergüenza que sentí al declamar el poema; y realmente ya ni recuerdo qué poema era. Yo no elegí declamar poesía, sino que me lo impuso mi maestra.
Un compañero del colegio una vez me lanzó un libro de literatura en la cabeza... Quien iba a decir que ese acosador era un ayudador del destino, y que me estaba diciendo a trancazos a qué debía dedicarme.
La principal razón para escribir es crear historias o registrar momentos que yo considero importantes (como en la poesía). A veces, escribir es todo lo que uno necesita para liberarse de una congoja absurda de una mente melancólica.
Crear nuevos mundos, nuevas realidades, nuevos personajes. Inyectarle un poco de mi humor con pasajes irónicos y sorpresivos a la imaginación de las personas; esa es otra razón por la cual me gusta escribir.
Me gusta el tiempo de soledad y reflexión para mí mismo. Desde pequeño me ha gustado estar solo, imaginando un sinfín de posibilidades. Me gusta la naturaleza, en particular los árboles; y por esta razón, me gusta mucho la raza fantasiosa de los Ents de la obra de Tolkien. Siempre que me levanto, saludo al eucalipto de mi vecino, y me imagino que el viento que lo mueve es la respuesta a mi saludo.
Profesionalmente, la comunicación escrita y la lectura se han convertido en una de mis pasiones. Siempre estoy investigando etimologías y formas correctas de expresión. El español es una lengua que no dejará de evolucionar, especialmente en nuestra región. Me gusta leer libros de filosofía, mi papá tenía un tesoro en su biblioteca de libros por la carrera que estudió: así que he leído una obra de autores brillantes como Thomas Hobbes, Jean-Jacques Rousseau, Aristóteles, Goethe; Ortega y Gasset, Camilo José Cela, entre otros.
Además, me motiva compartir con la comunidad lo que he aprendido. Me gusta contagiar a las demás personas el hábito de la lectura, para enriquecer las conversaciones y desconectarnos un poco de este “holocausto mercadológico” (me lo robé de una película) en el que vivimos.
Finalmente, me gusta aportar a la identidad cultural de mi país. Ser ese granito de arena en la narrativa de Guatemala me parece genial. Aunque pueda ser que pase desapercibido, como mis dos tíos abuelos, realmente no me importa la fama. Me basta con el esfuerzo que estoy haciendo por publicar mis libros y ayudar a otras personas a que también lo realicen.
Creo que los libros, cada día, están tomando más valor personal. Un libro acompaña a una persona por toda su vida y es capaz de aliviar penas. En especial ahora, en que estamos tan adictos a la dopamina de los videos instantáneos que no nos dejan nada.
El mundo digital, si uno no lo sabe utilizar, nos convierte en sus esclavos. Adictos a ver comedia y desinformación. Creo que el futuro es brillante para la literatura en particular, porque va a surgir una necesidad de desconexión total, pero tenemos una mente que necesita entretenimiento.
El aburrimiento, la rutina y la monotonía son el peor hastío de la humanidad. Por eso, el humano parece un delfín terrestre que no se aburre de inventarse actividades para pasar el tiempo que se nos fue regalado.
Y aquí, leer, escribir y conversar son verbos que van a hacer que la gente encuentre su salud mental nuevamente. Una especie de desintoxicación que provocan las redes sociales, que dentro de sus aspectos negativos, promueven positividad tóxica, desinformación y adicción a la dopamina dañina.
Leer un buen libro en un café, platicar con un amigo acerca de lo que han leído, sin importar lo absurdo o lo formal (aliens, ciencia ficción, biografía, tesis, poesía, vanguardismos, historia, libro de autoayuda, espiritualidad, etc.); serán, entonces, una forma en que muchas personas encuentren la paz mental.
Espero hayas encontrado lo que esperabas en este artículo. De lo contrario, gracias por leerlo; espero, por lo menos, que te hayas entretenido. Y espero que encuentres en las letras tanto placer como lo hago yo.
Y si no sabes qué hacer con tu vida, tranquilo que tu destino te va a alcanzar. Pero tú decides si seguirlo o ignorarlo.
¡Si estás interesado en asesorías de escritura profesional o creativa, publicar tu libro o conocer más sobre mis historias puedes contactarme a creadoreditorial@wricardo.com!